• Andrew Ramz

Quédate Conmigo

Updated: Jun 8




Esta historia va dedicada a todos los y las doctores, enfermeras, y personal médico que están poniendo su vida al servicio de las víctimas.

A continuación, sugiero que el lector reproduzca la siguiente canción para brindar una mejor experiencia de lectura. Debido a que te puede dar una carga emocional extra que te puede hacer disfrutar mucho más la lectura.

https://open.spotify.com/track/0DoACS30GwIY6qaFjCMMUz?si=NBAlvf_pQJmcflRLaPTyVw



© 2020 Andrew Ramz. Todos los Derechos Reservados




Era otra noche fría y helada en el nuevo mundo que, poco a poco, se tornaba más silencioso. Más silencioso y misterioso para los humanos. Pero más habitable para cualquier ser vivo que había sufrido por tantos años a causa de la satisfacción del hombre.

El aire se purificaba, los océanos se limpiaban, los animales podían salir de sus refugios y bajar la bandera blanca para ser libres de nuevo. Ellos eran los que entraban en las ciudades para presumir su libertad frente a todos los humanos quienes eran esclavos de sus mentes.

Algunos podrán decir que el frío, el viento, y la lluvia, parece que sólo vienen y se van. Pero para muchas personas, era difícil encontrar un atardecer en el ojo de una tormenta. Incluso aunque estuvieran a salvo en casa.

Las personas se cansaban de hablar por el teléfono, y sus dedos empezaban a doler de los cientos de miles de mensajes que escribían. La ansiedad lentamente invadía sus mentes. ¿Cómo era posible que estar en casa con sus seres amados los podía volver locos?

Algunos dirán que los tiempos son difíciles cuando las cosas no tienen sentido. Una cosa era clara, las personas extrañaban sus vidas. ¡Pero se sentían encarcelados en sus propios hogares! Ellos no lo podían ver como una oportunidad. Si, una oportunidad de pasar tiempo inolvidable con sus familias.

Como cualquier otro adolescente de quince años, Carly se sentía libre, joven y salvaje. Cuando la orden de permanecer en casa vino por parte de las autoridades, se sintió como una sentencia de veinte años en prisión.

A diferencia de muchos adolescentes, a Carly le encantaba pasar tiempo con sus padres, teniendo diversión con los juegos de mesa y viendo películas de comedia mientras comían helado con galletas podía ser el mejor remedio para sentirse mejor luego de un mal día. Se suponía que así iban a pasar la cuarentena. Todo lo que Carly quería era tener a sus padres a su lado.

Pero pronto, las cosas empeoraron cuando su madre, luego de que ella volvió del hospital, y cuando las frías noches y las pesadillas comenzaban, les dijo que tendría que pasar la mayor parte del día atendiendo a las víctimas.

Carly se asustó cuando escuchó eso. Desde entonces, todos los días eran sombríos. Parecía como si alguien hubiera robado la luz de su sol. Cada mañana ella despertaba con la misma sensación. Sentía que se ahogaba. Si, ahogándose en su miedo.

¿Y si mamá se enferma y nunca regresa?

El constante pensamiento al respecto le hacía que le doliera el estómago y el corazón le latía casi fuera del pecho. Ella no podía entender por qué su madre estaba haciendo algo así. ¿Por qué poner su vida en riesgo por algunos extraños? ¿Por qué tiene que irse?

¿Por qué ahora? ¿Acaso era por el dinero? La renta del departamento podía esperar otro mes. El dueño ya les había dado la oportunidad de hacerlo. Entonces, ¿por qué no hacerlo de nuevo? Sólo necesitaban pedirlo.

Ella se sentía sola en el universo. Su corazón estaba roto. Demasiado joven para darle la vuelta a la página y dejarlo ir. Demasiada joven para entender.

—¡Carly! —su padre dijo desde la cocina, sonando feliz y emocionado al mismo tiempo. Se comportaba así cada vez que preparaba comida. Nunca antes había cocinado. Unas rápidas lecciones por parte de la madre de Carly fueron suficiente para… Bueno, suficientes para poder preparar un buen plato de comida—. ¡Es hora de cenar!

Pero Carly no respondió. Y no porque no haya escuchado la voz de su padre. Era bastante fácil escuchar cualquier ruido debido a las paredes delgadas del departamento. Carly estaba viendo los nuevos mensajes de texto del grupo de sus amigos por primera vez en mucho tiempo.

Ella frunció el ceño y continuó prestando atención a los mensajes de sus amigos quienes actuaban como si nada malo estuviera sucediendo en el mundo, otra bomba más en la guerra cruel que se libraba en su mente. Había pasado un tiempo desde que comenzaron a actuar, o más bien, pretender ser mayores.

—Carly, ¿me escuchaste? —su padre dijo de nuevo, esta vez alzando la voz y no sonando como una pregunta en absoluto—. Esta es la última vez que te digo. ¡No vas a cenar de nuevo en tu habitación!

Carly se volvió hacia la puerta, sentándose en el borde de su cama.

—¡Sí, papá! ¡Sí! —Carly dijo en voz alta, sonando desesperada. Su corazón empezó a acelerarse. Ella incluso pensó por un momento que sus vecinos pudieron haber escuchado su feroz voz. —¡Ahora voy!

Carly se recostó en su cama. Leer los mensajes hacía que Carly no escuchara a su padre, quien por supuesto no sonaba nada contento con el tono de su respuesta.

Las agradables platicas que solían tener, al igual que las bromas que hacían entre sí, eran cosa del pasado. Ahora, Carly permanecía en silencio cuando había algo que no le agradaba. Sobre todo los comentarios irónicos que hacían sobre la crisis.

Carly se aburrió con facilidad y volvió a abrir una nueva pestaña para buscar las últimas noticias sobre la enfermedad, como era costumbre. Un tremendo terror se apoderó de ella, como si un fantasma la hubiera atravesado, causándole frío y escalofríos, cuando vio el titular de la primera noticia, “Cada vez hay más doctores que contraen Coronavirus.” Pensar que uno de esos médicos pudiera ser su madre le rompía aún más el corazón. La desesperación invadió el último rincón intacto de su alma al pensar que no se podría hacer nada para salvar la vida de su madre.

Sus ojos se humedecieron, sentía que podía romper en llanto en cualquier segundo mientras veía más y peores noticias. Nunca antes se había sentido tan vulnerable. Algunas lágrimas viajaban por sus mejillas hinchadas al temer perder a alguien que no se puede remplazar.

¿Por qué tenía que suceder esto ahora? ¿Por qué una nueva catástrofe debía de surgir en una sociedad que es especialista en crear barreras? Una y otra pregunta iba surgiendo mientras leía las más recientes e impactantes noticias.

El padre de Carly llamó a la puerta. Ella rápidamente se frotó los ojos regresó al grupo del chat. Se dio la vuelta y vio que la cabeza de su padre se asomaba dentro de la habitación.

—No lo voy a repetir de nuevo —dijo sonriente—. Es la hora de cenar, mi princesita.

Carly puso los ojos en blanco.

—¿Cuántas veces tengo que decírtelo? —Sonó algo impaciente—. No soy una niñita, papá.

—Siempre vas a ser mi princesita —dijo alegremente, entrando—. ¡Vamos! —Agitó la mano para que ella fuera hacia él—. O el espagueti con albóndigas se va a enfriar. —Parecía un niño pequeño que quería compartir su descubrimiento.

Pero Carly no se movió ni dijo nada. Ella le dio una pequeña sonrisa. Una sonrisa que no era alegre. Su cara decía mil palabras. Mil palabras y sentimientos de tristeza.

El padre miró con curiosidad detrás de hombro de Carly la pantalla de la computadora.

—¿Estás chateando con tus amigos?

Carly miró rápidamente detrás de su hombro para ver la pantalla y luego se volvió para mirar a su padre nuevamente.

—Sip. —Ella asintió.

La expresión en el rostro del padre cambió gradualmente. Ahora, parecía entender por qué su hija ya no quería pasar tiempo con él. Una sensación de melancolía y tristeza recorrieron lentamente su espalda, como si un ser lo hubiera acariciado.

—Entonces… ¿Esto es lo que has estado haciendo cada noche? —dijo—. Prefieres volverte invisible frente a tu familia, ¿solo para hacerte visible frente a tus amigos en línea?

—¿Qué? —Carly dijo, un poco sorprendida—. No, papá. —Negó con la cabeza.

—¿Entonces qué es lo que haces? —su padre preguntó con curiosidad, poniendo sus manos sobre sus caderas.

Carly abrió su boca un par de veces, sin saber qué decir. No estaba segura de contarle la verdad. Pero ella sabía perfectamente que se había distanciado de su padre. Carly no lo hacía a propósito. Todo lo que quería era estar a solas.

—Está bien. —El padre asintió—. Entiendo que tienes otras prioridades. Has crecido. —Echó un vistazo, sintiéndose nostálgico, a los peluches, las muñecas Barbie, la mesita donde solía sentarse con su hija para la hora del té, las paredes rosadas que tenían menos posters infantiles y más de celebridades. Su pequeña se había ido para convertirse en una joven. Ahora parecía entender que sólo se puede vivir una vez. —Iré a cenar solo—. Se rascó la cabeza, sintiéndose perdido—. Te voy a dejar comida dentro del microondas. Treinta segundos serán suficientes para calentarla.

—Papá… —Ella sintió un nudo en la garganta que le impedía decir la verdad. Sus ojos se humedecieron y sintió ganas de llorar.

—No te preocupes, Cielo. Diviértete con tus amigos. —Sonrió un poco, levantando el pulgar.

Luego de que su padre cerrara la puerta, Carly se tiró en su cama y se cubrió con las almohadas para dejar ir un llanto de profunda tristeza. Ella quería desaparecer. Quería que el universo se la tragara.

Carly tenía muchas cosas que decir, pero no tenía la fuerza para decírselo a las personas en quienes más confiaba. No a sus amigos, quienes cada vez le eran menos familiares. No a su madre, con quien cada día era más difícil hablar porque todo lo que quería era descansar. Ni siquiera a su padre, quien cada día daba lo mejor de sí para hacerla sonreír.

El miedo, la ansiedad, la constante preocupación se convertían en una carga pesada sobre sus hombros. Ella nunca antes se había sentido tan derrotada como aquella noche. Su familia ya había pasado por tiempos difíciles. Pero nada se comparaba por lo que estaban pasando.

Carly quería dejar de sufrir. Se sentía como una profunda herida ardiente en su alma. No había a donde correr. No había nada o nadie que la pudiera sentir normal, más que una sola cosa. La única solución ella creyó era la respuesta al infierno que estaba viviendo.

Carly se arrodilló en su cama y comenzó a golpear las almohadas con toda su fuerza. Su cara estaba hirviendo, estaba llorando furiosamente y le costaba trabajo respirar.

La ira corría por sus venas. Le enloquecía pensar sobre la razón por la cual su madre iba a trabajar. ¿Por qué sigue yendo? ¿Por qué no se queda en casa como algunos de sus amigos del trabajo?

—Ella debe de estar loca si quiere ser otra víctima más —Carly dijo en un susurro—. Mamá tonta. Mamá tonta. ¿Por qué tienes que hacernos esto?

Carly se levantó de su cama y se dirigió hacia la gran montaña de los peluches que ella tenía en la esquina de su habitación. Ella tomó el primero que vio y comenzó a arrancarle cualquier cosa que podía. Muy profundo en su mente, ella no podía creer lo que le estaba haciendo a sus preciosos peluches. Pero en ese momento, ella ya no podía controlar su cuerpo. Ahora sus sentimientos dirigían sus movimientos.

Cuando terminó, tomó otro, y luego otro, y luego otro más. Cuando agarró el quinto, ella pudo detener su mano de arrancarle sus ojos. Era un osito de peluche, el que su madre le había regalado en su último cumpleaños. Tenía una camiseta roja que decía, ‘Tu y yo vamos a vivir por siempre.’ En su mano, llevaba un portarretrato de plástico que contenía una encantadora fotografía de Carly siendo abrazada por su madre.

Carly claramente pudo escuchar cómo su corazón se rompía en un millón. Ella cayó al piso, como si alguien hubiera soltado un títere, y rompió en llanto más fuerte. Se sentía derrotada. ¿Cómo pudo pensar cosas terribles sobre su madre? Le vinieron mil y un recuerdos maravillosos que tuvo con ella. Mil y un recuerdos que temía fueran los últimos.

Carly sentía dolor y arrepentimiento en su alma. Sentía la terrible necesidad de dejar ir todas esas cosas que estaban atrapadas en su mente. Se limpió las lágrimas con su mano temblorosa y se levantó para ir con su padre.

Casi todo el departamento estaba oscuro y se sentía frío. Solo había una luz blanca desde la cocina. Ahí estaba su padre que se veía pequeño en medio de todo. Pero cuando él la vio, le dio una hermosa sonrisa que brilló como una estrella.

—Entonces cambiaste de parecer, ¿no es así? No pudiste resistir el hambre por mucho más, ¿eh?

Carly caminó lentamente, luciendo temerosa.

Papá —ella apenas pudo decir.

El padre se acercó cuando notó los ojos rojos de su princesita.

—Papá… Yo… Yo… —Cada segundo se volvía más difícil poder hablar—. Lo siento —finalmente dijo, rompiendo en llanto.

—Está bien, Cielo. —El padre puso sus brazos alrededor de ella y la atrajo hacia él—. No tienes por qué llorar. Todo va a estar bien.

—No. —Carly negó con la cabeza—. Hay algo que debo decirte.

Y así fue como ella le dijo todo, incluyendo la solución al dolor.

—Amo a mamá, pero no quiero que regrese… Ella se puede enfermar en cualquier momento. Y no quiero estar ahí para verla sufrir.

Su padre no dijo nada más que abrazarla con más fuerza entre sus brazos.

—¿Crees que sea lo mejor? —Carly dijo entre sollozos, apenas levantando la vista. Se sentía avergonzada y culpable de haber compartido sus pensamientos—. No quiero ser una mala persona por pensar en eso.

—Carly, tú nunca serás una mala persona —el padre dijo—. Esa fue solo una idea que se te ocurrió. Una idea para terminar con este sufrimiento.

El padre soltó a Carly y pusó sus manos sobre sus hombros, mirándola fijamente a los ojos.

—Debes de entender que esa es la respuesta más humana de todas. Encontrar una solución para poner fin a nuestro sufrimiento. Pero debes saber que hay muchas maneras distintas de resolver un problema. Desecha esos pensamientos que solo son veneno para tu mente. —El padre pauso, respirando hondo—. A mí también me aterra que tu madre se pueda enfermar. Ustedes son mi vida, y sin ustedes, ya nada tendría sentido. —Pauso de nuevo, aclarándose la garganta—. Pero es inútil vivir con miedo. ¿De qué me sirve preocuparme si me quita la paz del momento? Nadie sabe cómo será el momento. Solamente Dios lo sabe. Carly —continuó, poniendo su mano en su mejilla—. No vivas con miedo. Eres demasiado joven para vivir con preocupaciones.

—No puedo —dijo, negando con la cabeza, recordando el gran riesgo para un doctor de contraer el virus, y las consecuencias que podría traer—. No quiero perder a mamá. ¿Qué se supone que voy a hacer con mi vida y esos sueños que quiero hacer realidad si ustedes no están aquí?

—Esta es una larga y hermosa vida. —Los ojos del padre brillaron como estrellas solitarias en el cielo—. Es una montaña rusa de emociones. Encontramos amistades, nuestras pasiones, el amor de nuestras vidas, y todo eso nos lleva a tener momentos memorables. —Sonrió, luciendo melancólico—. Nada dura para siempre, ni siquiera los tiempos oscuros. Tu mamá es un héroe, ¿sabes? Deberíamos de sentirnos orgullosos de ella. No temas, ella sabe cómo cuidarse.

—Pero…

—Hay que creer que todo va a estar bien.

El padre le dio un beso en la frente.

—Por qué siempre deben de haber tiempos difíciles? —Carly preguntó, sonando abrumada—. ¿Por qué no todo puede ser felicidad?

—Creo que todo es parte de lo que el destino nos tiene deparado, ¿sabes? —el padre respondió luego de unos segundos—. Estos momentos unen a las personas y les recuerda su humanidad al mostrar empatía y amor por los demás.

—Pero… ¿Cómo es eso posible? —Carly preguntó, sonando confundida.

—Algunas veces las personas olvidan cómo ser amables. Hay tantas locuras que ocurren en el mundo que hacen que las personas sean egoístas. Ellos confunden placer y deseo con el verdadero sentimiento de ser humano. Pero cuando atraviesan las mismas dificultades al igual que el resto, empiezan a compadecerse. Y eso es lo único bueno de todo eso. Les recuerda su humanidad —dijo en voz baja.

Las palabras de su padre la hacían sentirse mejor. Ella sentía una extraña sensación como si alguien le estuviera quitando todos sus problemas de sus hombros.

—Quiero que nunca olvides esto —el padre continuó—. Así es como el ser humano debería siempre de comportarse. Los tiempos difíciles deberían hacernos reflexionar sobre cuan maravillosos y hermosos los seres humanos pueden llegar a ser cuando interactúan entre sí. —Pausó y apuntó su dedo hacia el corazón de Carly—. La cercanía humana es la clave para un mundo mejor.

Carly abrazó a su padre tan fuerte como si fuera la última vez que lo hiciera. Le había recordado sobre su madre. Sobre las buenas acciones que ella estaba haciendo cada día con las víctimas. Y finalmente entendió que todo lo que hacía era para ayudar a salvar vidas, como un ángel caído del cielo. Sabía que no podía cambiar el destino, pero si su forma de pensar.

Sintió arrepentimiento por haber tenido oscuros deseos. Deseos que se prometió a si misma nunca más volver a tener. Y una extraña sensación le provocó escalofríos al sentirse orgullosa de su madre. Sin duda alguna, sentía que tenía a la mejor mamá del mundo.

El agotamiento emocional le provocó sueño poco tiempo después. Carly bostezó y se acurrucó en los brazos de su padre.

El padre llevó a Carly en sus brazos a su habitación. Besó sus ojos luego de acostarla en su cama. Seguramente debió de haber tenido una tierna sonrisa en su rostro. Se sentó a su lado y comenzó a acariciar su cabello lentamente, justo como lo hacía en los buenos viejos tiempos, como él hubiera dicho.

—Papá —Carly dijo.

—¿Si, Cielo?

—¿Te puedes quedar conmigo?

—Claro.

El padre miró la esquina detrás de él mientras recordaba algo. Vio el violín que Carly solía tocar hermosas melodías cada día.

—Oye —el padre dijo, sin quitarle los ojos de encima—. ¿Por qué no vuelves a tocar el violín de nuevo? Tenías un gran talento.

Carly abrió sus ojos y lo miró. Le hizo recordar los buenos tiempos que solía tener con su familia.

—A veces lo extraño. —Ella sonó un poco emocionada. En lo profundo de su mente, sabía que quería más—. Pero no estoy segura si seré la misma —dijo, sonando un poco decepcionada—. Tal vez ya perdí mi talento.

—Ese talento se puede convertir en tu futuro. Nunca lo olvides. —El padre puso su mano debajo de su barbilla e inclinó su rostro hacia él, riendo en silencio—. ¿Sabes que es curioso?

—¿Qué? —Carly dijo.

—Las oportunidades que la vida nos da. Las personas, sobre todo las de tu edad, tienen una oportunidad inmejorable. La oportunidad de aprender algo nuevo. Luego de tus clases en línea, ¡puedes comenzar a aprender de nuevo! ¡La práctica constante hará que vuelvas a tener tu habilidad!

Su padre continuó, mostrándose emocionado como si hubiera planeado su plan maestro. Carly sintió alivio. ¿Quién diría que los tiempos difíciles llevan al conocimiento y a la felicidad?

—Dulces sueños, Cielo —el padre dijo en silencio, besando la frente de su hija dormida.

Pero Carly no estaba del todo dormida. Ella aún estaba peleando contra la fatiga. Aún había algo que ella debía de preguntarle a su padre.

—Papá —dijo, sonando adormilada.

El padre se volteó.

—¿Sí? —¿Y si mamá no regresa mañana? —preguntó, temiendo que lo que tanto deseaba se hiciera realidad.

—No temas, mi niña —el padre dijo—. Su lugar seguirá siendo a nuestro lado hasta que Dios lo quiera. Seguramente estará con nosotros por muchos años más.

—¿Estás seguro?

—Por supuesto —dijo sonriendo—. Ten fe.

—Tienes razón —Carly se dijo a sí misma luego de que el padre cerrara la puerta de la habitación—. Los tiempos difíciles no duran para siempre. Al parecer, traen paz y algo nuevo que aprender.

Las palabras del padre la hicieron sentir tranquila. Le dieron la paz mental que tanto necesitaba. Y por primera vez en mucho tiempo, ella pudo dormir profundamente. Incluso tuvo bellos sueños con su madre.

A la mañana siguiente, Carly sintió algo inusual. Algo que no había sucedido en mucho tiempo. La música se reproducía en el tocadiscos de la sala de estar. La misma alegre canción que sus padres solían bailar cada mañana.

Cuando Carly abrió la puerta, su corazón se llenó de alegría como nunca antes y una hermosa sonrisa de oreja a oreja lentamente se dibujaba en su rostro mientras corría para abrazar a su madre, y dijo,

—Gracias por ser un verdadero superhéroe.

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